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La vida es juego

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El rubio parece el Principito de Saint Exupèry pero mueve la pierna izquierda como un Bugs Bunny hiperquinético. De la cintura para arriba, única mitad visible para su oponente sentado como él a una mesa marca KR2007 made in Las Vegas, no se le mueve un pelo. Gesto de nada gana su cara de niño y parece que los ojos, azules como los de un estereotipo noruego, se le hubieran volado hacia otra dimensión. Sin dotes para los oráculos, uno adivina que algo le debe estar pasando por dentro: acaba de jugarse el resto y a los veinte años va por un premio de 83.500 dólares en el Latín American Poker Tour de Punta del Este. Y afuera, aunque no se cuele en esta sala de hotel cinco estrellas donde los jugadores ya pasaron cuarenta horas de tres días con las cartas en la mano, se suceden el sol sobre la arena, las noches a pura luna, el hocicar rítmico del mar, el rumor de un vientecito murmurador. Pero el poker es otro mundo que, sin embargo, queda en éste.

Ya sé, para ser un descendiente de vikingos en tierras lejanas no parece una gran hazaña, pero los tiempos han cambiado el espíritu de las conquistas. Habrá que adaptarse, si hasta el poker ya no es lo que era. Ahora se lo transmite por canales de deportes –se suele jugar el Poker Texas Hold'em, la variante más televisiva- y hay un locutor que le pone palabras, se lo juega en circuitos internacionales que nada tienen que envidiar a los del tenis, con al menos 55 certámenes de primer nivel al año y con premios mayores que alcanzan, como en la World Series de Las Vegas, los diez millones de dólares.

Con las fichas sobre la mesa, vieron que el mundo posmoderno se globalizó y las crisis son de todos y no vale poner cara de poker para decir yo no fui. Bueno, el juego también es global. Ciento cincuenta millones de personas juegan habitualmente poker, más de los que practican tenis o golf. Unos 15 millones lo hacen diariamente por Internet, que da la posibilidad de enfrentarse a un keniano o a un austríaco, para elegir nacionalidades al azar, desde la pantalla de una PC porteña. En un día laborable, ganadores y perdedores hacen que 200 millones de dólares cambien de mano. Cada segundo hay 150.000 personas jugando online. Y hasta los jugadores cambiaron: son nerds, yuppies, jóvenes emigrados del ajedrez o del backgammon, especialistas en estadística, alguna que otra mujer incursionando en un mundo que va perdiendo mano a mano esa aureola históricamente machista. Promedio de edad, 30 años. Muchos empezando los veinte. También algunos cincuentones.

No hay whisky en las mesas, aunque no hay control antidoping. Sólo los nórdicos se animan a alguna cerveza, pero nadie quiere dar ventajas con el nivel etílico. Habanos y cigarrillos se apagaron hace años, y echan poco humo aún en los break al aire libre. Ahora al poker se lo estudia como una materia. Hay por lo menos diecisiete libros, la mayoría en inglés, que son de culto entre los jugadores. Algunos recomiendan para empezar Fundamentos del poker, de David Sklansky. Sin corroboración posible por ahora, dicen que en Harvard están pensando en darle categoría universitaria como entrenamiento de la mente y muchos jugadores practican el yoga, la meditación, y el que menos hace corre diez kilómetros dos veces por semana para estar en forma.

A los 35, Leo Fernández hace rato que dejó de ser un chico, pero conserva su imagen de adolescente travieso: delgadez de impúber, cabellera desmañada a propósito, moda joven, ojos distraídos, hablar despreocupado. Secuencialmente fue maestro FIDE de ajedrez (su ELO es 2320), top ten en backgammon, ahora jugador profesional de poker. Desde su semipiso frente al Malba, la vista del Río de la Plata es plena. Está de festejo. Desde ahora es uno de los 31 elegidos de PokerStars en el mundo para integrar su team Pro. Eso significa, por ejemplo, que pasajes, estadías e inscripción de los torneos en que participe serán cubiertos por esa empresa. Los premios, en cambio, irán a su cuenta bancaria. Pero, ¿resulta posible vivir del poker? "Es un sube y baja eso de ganar más o menos –dice filosófico-. Lo importante es no perder. Uno no puede jugar torneos de diez mil dólares de inscripción si no tiene banca para aguantar. No hay que ponerse fuera de tarifa, jugar lo que a uno le duela; así, todo quedará supeditado a ese miedo a perder. Si uno debe hacer un 'all in' (jugarse el resto) con nada, debe hacerlo sin miedo. Si no ese sufrimiento se le notará en la cara y lo van a agarrar."

Pero claro que cualquiera, aun el más pintado, puede perder. Y rápido. "Yo juego a ganar, no a durar", dice Leo en una frase impactante por la historia por venir. Como profecía autocumplida, en el torneo de Punta del Este Leo se fue en la primera jornada. "Cuando perdés no hay nada peor que la caminata para salir de la sala. Te sentís observado. Los diez minutos siguientes son muy duros. Trato de quedarme solo para repasar la mano y sacar una conclusión. Si la jugué bien y no pude hacer nada, me quedo tranquilo. Y después ya está, ya pasó."

Todo bien, pero si el bien supremo –por decirlo de una manera irreverente– en el poker es ganar, el que pierde tuvo que jugar mal. La lógica parecería confirmarlo, o habría que admitir que el que jugó mal ganó. Pero para los jugadores de poker, decirlo así se asemeja a un sacrilegio. En el poker se puede jugar bien y perder. ¿Cuándo? Cuando la liga está del otro lado. Y cuánto influye el azar en el poker (el "no pude hacer nada" de Leo)... Fabián Ortiz, ganador en el torneo de Viña del Mar de un pozo suculento, asegura que la suerte determina en un torneo largo del siete al nueve por ciento de las manos. ¿Lo demás? Conocimiento, estadística, ubicación en la mesa, intuición, experiencia, perfil de los oponentes, ambiente.

GENTE QUE NO BUSCA GENTE

José El Indio Guevara, ganador en diciembre de 2007 en el Conrad de Punta del pozo sudamericano más gordo hasta ahora –quien tuvo que trajinar dos años para ganar otro–, también da su explicación. "Si tenés dos ases y no apostás, entran todos y alguno te va a ganar. En cambio, si mandás varias veces, sólo entrará el que tiene cartas. Al final si le voló –una expresión muy argentina por salir una carta conveniente para el juego de uno– en la última y te gana, vos jugaste bien. Jugar bien es poner las fichas cuando vas ganando, aunque después pierdas. Y termines volando vos." Eso le pasó en los cinco torneos que jugó en Punta en cinco días.

Pero no todo se resume en el juego. En la fiesta de bienvenida de los torneos de la gira latinoamericana, uno se da cuenta de que los jugadores de poker son gente que viaja sola. Pocos están con su pareja y los que están con ella parecen haberla borrado por momentos. Por la terraza al lado del mar del hotel de Puerto Vallarta, un hombre joven camina a grandes zancadas como un rey apurado y deja atrás a una mujer. A poco se da vuelta, se deja alcanzar y le pasa el brazo por la cintura. Parece que en setenta centímetros se dio cuenta de que está muerto por ella, sólo que lo había olvidado tal vez pensando en un par de ases.

Verónica Dabul es psicóloga recibida en la UBA y una de las pocas mujeres que participa de los certámenes. Está esponsoreada por la misma empresa que Leo. Hagamos, como buen paciente, que escuchamos. "El jugador de poker es muy individualista. Gente que se mueve sola, que elige cuándo estar con otros, aunque los argentinos son de los grupos más consolidados. A mí me gusta estar pendiente de alguien y que estén pendientes de mí, pero es un laburo ser sociable. Tenés que generar salidas: si jugás y te vas a tu cuarto y del cuarto a jugar, nadie te va a buscar." Ya que estamos, ¿cómo debería ser la pareja de un jugador que vive viajando? "Característica número uno, mente abierta –lo dice en inglés, 'open mind'–. El mundo está cambiando y si no es así te quedás atrás. Hay que entender que cada uno, mientras no perjudique a nadie, hace lo que quiere y tiene el derecho a hacerlo."

Simpática, preguntona como movilero, extrovertida en lo superficial, como ella misma comenta, Verónica siempre tiene un plan B en la cabeza si le va mal en el torneo. "En los lugares de veraneo siempre voy a jugar con la biquini bajo la ropa. Si pierdo, me voy a la playa." Allí recupera toda su femineidad porque encuentra que en las mesas de juego sólo los latinoamericanos la tratan como a una mujer y que tal vez eso le convenga para su juego. "Pero a escala mundial, los europeos y estadounidenses ni saben que sos mujer, ni les importa. El tipo que está con auriculares, lentes y capucha no sabe si tiene al lado a un hombre, a una mujer, a un animal. Son como más robots."

A un jugador profesional de primer nivel como Leo le esperan este año unos cuarenta torneos. Mar del Plata este jueves [1] –se esperanzan con un mínimo de 450 inscriptos a un costo de cinco mil dólares por cabeza, gente que tal vez se cruce con Boris Becker, un tenista al que le gustan mucho las cartas–; después la World Series en Las Vegas; luego el European Poker Tour, con fechas en Barcelona, Dublín, Londres, San Remo, Berlín... Seguramente, desde fuera la fantasía de muchos sea "todo tan lindo, viajar, conocer ciudades, jugar". Pero el poker no parece el territorio propicio para un lecho de rosas.

"Para mí no es nada divertido", dice Sergio Gallardo, un mendocino de 44 años que vive en Caballito y que dejó su negocio de computación para dedicarse por entero al poker de torneos y por Internet. Sergio está en Punta y viene de un torneo en Córdoba. Apenas estuvo unas horas con su familia. Cuenta su rutina. Juega casi todos los días en un cuarto acondicionado con un sillón confortable para pasar muchas horas frente a una enorme pantalla de LCD y perfuma el lugar con esencias que compra en los free shops. Si está de racha, la jornada se prolonga casi hasta el infinito. Con pinta de bonachón, diálogo fácil, gorrito negro –y analista concentrado de cuanta mano haya visto–, confiesa: "Lo que más me costó es explicarle a mi hijo de ocho años que el trabajo de papá es jugar. No te entienden. Lo mismo pasaba con mi mujer que me decía 'otra vez con eso, vos' hasta que empecé a ganar y ahora por lo menos me ofrece un cafecito, aunque no esté todavía del todo convencida".

EL TRABAJO DE TIMBEAR

Entre tanta gente heterogénea en los torneos, el jugador de poker tiene dos denominadores comunes, que uno podría definir extraños: no se reconoce jugador y dice que no tiene cábalas aunque sean visibles. "Detesto el juego. No soy para nada timbero", concluye alegremente Gastón Catzman para enseguida dejar la pileta del hotel de Punta para ir a jugar dos horitas por la Red, porque "la plata hay que hacerla todos los días".

Gastón y tres amigos componen el casero Uva Team. "Uva se le dice a los jugadores novatos porque son fáciles de masticar y nosotros somos muy auto irónicos." Los cuatro juegan –cada uno con su notebook– desde una oficina de Belgrano seis horas máximo, de lunes a jueves. "Cumplimos horario como cualquier empleado y somos disciplinados. Así no perdemos mucho cuando nos toca perder. Porque uno de los problemas del jugador de poker es cuando se le sale la cadena." Así llama a los que pierden cajas y cajas de fichas y quieren recuperarlas. Y, por supuesto, siguen perdiendo. Los Uva hasta tienen un reglamento: cuando uno de ellos pierde dos cajas de 200 ó 400 euros, ese día no juega más. "Cierra la persiana" –así se dice en la jerga– y se dedica a asistir a los demás. Entre todos ganan unos 500 euros por día, pero reconoce que tienen sponsors que se llevan una parte. "Raramente perdemos y nunca más de 400 euros." Paralelamente, cada uno juega por su cuenta y riesgo, y no es una locura asegurar que pasan diez horas diarias frente a la pantalla. No juegan en una sola mesa porque "sería aburrido" y están presentes en entre cuatro y seis mesas. "No es nada, el récord lo tiene uno que demostró jugar en 51 a la vez."

Para Glenn Cademartori, presidente de LAPT, el negocio es otro. Presenta a PokerStars.net –el mayor sitio del mundo para jugar gratis, sponsor de River en el fútbol local– como "una escuela del juego". Y a los torneos como un beneficio para el país y la ciudad organizadora por el dinero que gastan los participantes. Claro que la empresa madre tiene otro sitio donde se juega por dinero, en las jurisdicciones en que esto es aceptado legalmente. Para no perder la costumbre, la Argentina por supuesto tiene un vacío legal y aunque parezca vedado, en la práctica se juega si el sitio –hay cientos en definitiva– acepta la tarjeta de crédito (de no ser por el miedo al fraude digital, habría muchos más argentinos en este tipo de páginas... pero que los hay, los hay).

Ahora bien, ¿cuántos de los que juegan gratis después juegan por dinero? Adivine. No hay estadísticas. Suponga. ¿Muchos, casi todos, todos? Cademartori es un ex broker que después del atentando del 11-S vio que los negocios en las bolsas del mundo habían casi desaparecido y empezó a ver poker por televisión. Aprendió rápido y luego jugó un torneo en Aruba, donde lo eliminaron rápidamente. Se mudó a Australia y fundó por diversión un club casero de poker, donde no cobraba comisión, algo prohibido por las leyes de aquel país. Por supuesto que en Internet la cosa es diferente, y los sitios para jugar poker por dinero real cobran un porcentaje del pozo. En general el 5% en una mesa común, pero con un máximo de hasta tres dólares por mano. Si son torneos, un 10% de lo que sale la inscripción. Si puede, saque cuentas y recuerde que ya se jugaron miles de millones de manos.

Pero tal vez quién gana y quién pierde sea la pregunta del millón (o de los miles de millones), pero no la más profunda. Probemos otra, entonces: ¿el juego deja vacío moralmente al jugador? O, mejor aún, ¿qué utilidad social tiene? Ahora el Principito noruego de veinte años recibe en Punta del Este su cheque. Ganó con un full y su pierna izquierda ya no es un tic galopante. Tal vez no sea el momento de preguntarle.

Daniel Dos Santos

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Nota del editor: Nota publicada en la revista argentina “Viva” del diario “Clarín” del 12 de abril de 2009.
[1] La nota fue publicada antes de la realización del Latin American Poker Tour Mar del Plata.