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En La Pecera I

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¡Que bueno es estar aquí dentro! El agua es cálida, la comida abundante y tengo amigos de todos los colores. Uno la pasa bárbaro hasta que llega el tiburón blanco (no Jozzeb, no eres tu) y en un instante te encuentras en un mar de ácidos intestinales, viendo como tu "bankroll" es devorado por peces más hábiles.

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Este es el mundo del póquer. Un lugar donde los "peces" grandes se comen a los más chicos. Un paralelismo no solo simpático, también muy descriptivo de lo ocurre en dichas aguas.

¿Y saben qué? Soy un PESCADITO. Sí, sí, debo admitirlo. Por dolorosa que sea la etiqueta, lo acepto, soy otro de los millones de pescadillos que nadan por las salas buscando diversión y algunos dólares rogando no encontrar una barracuda, ya siquiera un tiburón, que nos demuestre que el tamaño sí importa.

Ser un pescadito es dificilísimo. Sobre todo, porque uno nunca se reconoce como tal. Tal vez uno tuvo suerte en alguna partida hogareña o ganó miles jugando póquer con dinero ficticio, y se siente al tope; realmente cree haber dominado el juego. Entonces invierte unos dólares reales y comienza ganando otros más en una racha positiva, pero de repente ¡BUM!... el primer "bad beat". En ese instante uno se acuerda de toda la familia del afortunado, y se maldice a uno mismo por haber cruzado bajo una escalera hoy. A los pocos minutos... ¡ZAS! Otro "bad beat". En ese instante, es cuando uno comienza a creer que el sitio está trucado, que algún programador malicioso se ensaño con nosotros, y que nuestros rivales ven nuestras cartas porque "no puede estar pasando esto". Pero pasa: hoy, mañana y pasado mañana. Con el correr de los días uno ve que su "bankroll" volvió a cero, vuelve a depositar y la historia se repite.

Pueden pasar semanas, meses o años hasta que uno se canse de "perder" y asuma la realidad: el póquer tiene dos caras. Una como juego divertido y otra como juego competitivo. Como juego divertido, uno puede reunirse con amigos a charlar y apostar unos billetes, o sentarse un rato al volver de trabajar y descargar tensiones jugando por Internet. En este caso, no importa ganar o perder, uno asume sus limitaciones y disfruta del juego en sí. Pero no todos ven al póquer de esta manera. Diría que lamentablemente la mayoría pone su ego en "juego" cuando mira el verde paño y necesita ganar. Aquí es donde aparece su faceta competitiva y en dicho espejo todos queremos reflejarnos ganadores. El desafío radica en que tan solo unos pocos lo logran... entonces, ¿qué le queda al resto? Seguir luchando cual Quijote contra los molinos de viento, O asumir las propias limitaciones y dar todos los pasos para erigirse finalmente como jugador "profesional". En esta bifurcación, me encuentro ahora.

Hace dos años que juego al póquer, y debo reconocer que aun no aprendí a jugar. Claro que conozco las reglas, y he dejado de ser un principiante. Pero aun no domino el juego. Y no estoy hablando de pertenecer a una elite. Sino de poder competir a un buen nivel, logrando avances cualitativos (jugando) y cuantitativos (ganando $$$) de manera significativa. ¿Y por qué no he "triunfado" aun? Justamente, porque soy un PESCADO, y por ende, pienso como tal. Me creo "bueno" cuando no lo soy. Cuando me va mal, culpo a la suerte, y cuando me va bien, me imagino en pocos meses como miembro de Poker Stars. Jajaja... es patético.

Pero al menos, dí el primer paso. Asumí que soy un "FISH", y quiero dejar de serlo. De ahora en adelante jugaré a GANAR, y compartiré mis experiencias con ustedes para que sirvan de ejemplo. Voy a dedicarle a diario horas al póquer, ya sea jugando o leyendo, y analizaré semana a semana los resultados. No dispongo de mucho tiempo, pero prometo maximizarlo.

Aquí es donde comienza mi aventura; cansado de jugar el papel de Nemo. Mi primer destino se llama: Heads-Up. Tal vez el más terrible de los mares, pero aquel donde nadé los últimos meses sin éxito. Seguir es un capricho, pero prometo acompañarlo de sentido común. La semana que viene les cuento.

Hasta entonces.